Aunque la casa donde resido por el momento está relativamente cerca de lo que se denomina centro de la ciudad (quizá debería inventarse otro nombre para lo que me refiero), me lleva unos 17 minutos recorrer a pie el camino que los separa, cada mañana y cada tarde-noche.
Desde la casa, el recorrido serpentea una calle, unos 70 metros, después se une al lateral de una carretera de doble vía durante otros 50, hasta una rotonda inmensa, de unos 60 metros de diámetro. Rodea la “round-about”, como aquí la llaman, por completo, y salvada ésta, se prolonga a los 180 grados, donde la carretera continúa en un arco suave de unos 200 metros de longitud, hasta la estación de tren.
Desde ahí, quedan otros 8 minutos de caminata, esta vez zigzagueando entre los edificios del centro comercial “Princess Square”.
La parte final, de otros 70 metros, es un tramo de una gran ronda a la que llaman “The Ring”, que rodea en el centro comercial y muere en una nueva rotonda, al pie de la cual, al otro lado, se encuentran las oficinas de mi trabajo.
Necesario era ilustrar con cierto detalle el itinerario para recordar que, ante cualquier recorrido, no solo la velocidad cuenta, sino la geometría empleada.
Yo soy un tipo de “Geometría Barata”.
Para el grupo de los que no lo saben –entre los que me incluía hasta hace bien poco-, la Geometría Barata se basa en el conocido lema “La distancia más corta entre dos puntos es la línea recta”.
Ante cualquier tramo del camino, cualquier caminante siempre fija su objetivo al final del mismo. Para el individuo de Geometría Barata esto no es distinto. La diferencia es que los geométricos baratos tienden a ignorar el trazado del camino, y se agarran obsesivamente a la línea recta como medio para cumplir su objetivo.
Así pues, si la línea recta atraviesa un jardín, el geométrico barato pisa plantitas con cuidado y salta arbustos si es necesario.
¿Una rotonda de 60 metros de diámetro? Ningún problema: uno no tiene más que ponerse al borde del círculo y esperar un huequecito apropiado entre la lluvia horizontal de coches para acceder al circulo mismo, y así atravesarlo entre árboles y arbustitos.
Eso sí, mientras cruza la rotonda, el geométrico barato ladea su cabeza 90 grados y mira con sorna a todos los buenos viandantes que la rodean por fuera.
Si luego toca una carretera de doble vía en arco suave, el geométrico barato intentará siempre cruzarla en diagonal, por supuesto. ¿El tráfico de venida es muy abundante? Bien, en ese caso, caminar por la mediana es la mejor opción, pues es la plataforma perfecta para esperar un hueco en el tráfico y así realizar la diagonal de cruce.
Una vez se ha llegado a la estación, hay una rampa de caracol para acceder a un nivel más bajo de la orografía, a la cual sigue un túnel que pasa por debajo de la carretera.
Pero este tipo de rampas no están hechas para los geométricos baratos. El geométrico barato utilizará la carretera para cruzarla en línea recta y saltará sendas balaustradas metálicas a ambos lados de la misma, sin miramiento alguno.
Después se deslizará por una ladera de césped para unirse al final del túnel antes mencionado.
Ya en el centro comercial, girando una esquina a la izquierda, aparece un pasillo de 15 metros de ancho y 80 de largo entre dos edificios. Al final del ancho pasillo espera un giro a la derecha.
En este caso, el geométrico barato fijará la vista en la esquina del edificio de la derecha, al final del pasillo. No le importará que llueva, ni la cantidad de amas de casa deambulando distraídas: sin apartar la vista ni un ápice de su objetivo, con paso firme, y ante el automatismo de su semblante, conseguirá que todos se aparten de su diagonal, y así podrá dibujar la recta perfecta.
Al cabo de los 5 días recorriendo el itinerario, me di cuenta que después de ese giro a la derecha, era posible acceder a la parte de atrás de la Biblioteca, la cual emerge justo en ese punto. En lugar de bordearla por completo, desde la parte posterior era posible realizar otra diagonal preciosa.
Siempre que ahorro costes en este tramo me doy cuenta con asombro que el geométrico barato es una rara avis, pues no me topo jamás con un individuo de mi especie a no ser que esté tirando la basura. “Deben estar bordeando la Biblioteca”, me contesto.
Finalmente, la alternativa a la última rotonda, donde afluyen 5 carreteras, es acceder a un laberinto de túneles que pasan por debajo del escaléxtric.
Cada vez que cruzo la rotonda y un par de carreteras en 120 segundos, decenas de viandantes realizan una visita de 7 minutos, sin guía, a los preciosos túneles, de estilo fúnebre, llenos de pintadas adolescentes y con un fino aroma entre humedad y orín.
Lástima. Esta vez mientras cruzo, no puedo mirarlos con la sonrisa cáustica que indica el manual…
Wednesday, 29 November 2006
Sunday, 26 November 2006
Flema inglesa 1.0
Al salir del trabajo, normalmente acudo a mi cita con Saintsbury.
Para el que lo no lo sabe, Saintsbury no es mi psicoanalista, sino mi supermercado. Al no estar plenamente establecido, he de comprar comida prácticamente a diario. De otro modo, planificaría mi alimentación semanalmente.
Así pues, ya me conozco la localización exacta de las verduras, el atún en lata, el arroz y el fiambre de pavo, entre otras viandas.
Es fácil.
Tanto, que le hace a uno darse cuenta, en cambio, de lo difícil que es aprender las costumbres de estos paisanos, cuando se topa con ellas.
El lunes pasado, siguiendo mi estrategia diaria, me abastecí de ración suficiente para la cena de ese día y el desayuno y comida del día siguiente. Me procuré de todo lo que tenía pensado, repasé mentalmente si algo faltaba y me dirigí a la caja.
A las horas que acudo –entre las 6 y las 7 de la tarde-, sólo comparto el supermercado con los “trasnochadores”. Es, para ellos, la última hora. Casi diría que es un lujo que esto esté abierto. Tal es así, que cuando llego a la caja normalmente no hay cola en absoluto. Todo es fluido como el agua. Ese día no fue excepción.
Acababa de meter el último producto en la bolsa cuando la cajera me pidió firmar el comprobante. Acto seguido me extiende el ticket con la lista de productos que había comprado.
“Thank you”, dije con una sonrisa.
Había traspasado el límite de la caja y su pequeño pasillo, así pues, estaba justo al final de él. Con el ticket en las manos, ante el precio que había pagado y la longitud del papelito, vacilé un instante y pensé: “Vamos a echarle una miradita”. Y sin marcharme, comencé a comprobarlo distraído de todo lo que me rodeaba, en silencio.
Cuando terminé, levanté la vista y cuál fue mi sorpresa al descubrir que no sólo la cajera estaba mirándome atentamente sino que otros tres paisanos hacían lo propio en una hilera humana tan perfecta como británica. Mudos, impasibles. Cuatro maniquíes con un semblante absolutamente neutro, hombros caídos, mirada absorta clavada en mí, en silencio sepulcral.
Posiblemente, habían empleado un larguísimo minuto de sus vidas en tal tarea. Sin despeinarse.
“Oh..”, balbuceé.
“Sorry, estaban esperándome?”
“Sí, está todo en orden, sir?”
“Oh, yes, yes... Thank you….Bye!”
Un minuto en tierras más cálidas es una eternidad y constituye una espera insoportable. No es necesario hablar: hasta los maniquís pueden toser breve y oportunamente. Asunto arreglado.
En estas latitudes, parece como si ciertas situaciones actuaran como interruptores. Gatillos que hacen entrar en una especie de trance a sus sufridos ciudadanos, una clase de estado cataléptico o hipnótico que los hace actuar como autómatas al servicio de algún tipo de software de comportamiento social.
"Flema Inglesa 1.0"
Mientras abandonaba el supermercado, mi cabeza negaba en silencio, mis labios sonreían y mis ojos miraban al techo...
Aquí las procesiones siempre van por dentro y la sensación de perder el tiempo se mide en números imaginarios.
Para el que lo no lo sabe, Saintsbury no es mi psicoanalista, sino mi supermercado. Al no estar plenamente establecido, he de comprar comida prácticamente a diario. De otro modo, planificaría mi alimentación semanalmente.
Así pues, ya me conozco la localización exacta de las verduras, el atún en lata, el arroz y el fiambre de pavo, entre otras viandas.
Es fácil.
Tanto, que le hace a uno darse cuenta, en cambio, de lo difícil que es aprender las costumbres de estos paisanos, cuando se topa con ellas.
El lunes pasado, siguiendo mi estrategia diaria, me abastecí de ración suficiente para la cena de ese día y el desayuno y comida del día siguiente. Me procuré de todo lo que tenía pensado, repasé mentalmente si algo faltaba y me dirigí a la caja.
A las horas que acudo –entre las 6 y las 7 de la tarde-, sólo comparto el supermercado con los “trasnochadores”. Es, para ellos, la última hora. Casi diría que es un lujo que esto esté abierto. Tal es así, que cuando llego a la caja normalmente no hay cola en absoluto. Todo es fluido como el agua. Ese día no fue excepción.
Acababa de meter el último producto en la bolsa cuando la cajera me pidió firmar el comprobante. Acto seguido me extiende el ticket con la lista de productos que había comprado.
“Thank you”, dije con una sonrisa.
Había traspasado el límite de la caja y su pequeño pasillo, así pues, estaba justo al final de él. Con el ticket en las manos, ante el precio que había pagado y la longitud del papelito, vacilé un instante y pensé: “Vamos a echarle una miradita”. Y sin marcharme, comencé a comprobarlo distraído de todo lo que me rodeaba, en silencio.
Cuando terminé, levanté la vista y cuál fue mi sorpresa al descubrir que no sólo la cajera estaba mirándome atentamente sino que otros tres paisanos hacían lo propio en una hilera humana tan perfecta como británica. Mudos, impasibles. Cuatro maniquíes con un semblante absolutamente neutro, hombros caídos, mirada absorta clavada en mí, en silencio sepulcral.
Posiblemente, habían empleado un larguísimo minuto de sus vidas en tal tarea. Sin despeinarse.
“Oh..”, balbuceé.
“Sorry, estaban esperándome?”
“Sí, está todo en orden, sir?”
“Oh, yes, yes... Thank you….Bye!”
Un minuto en tierras más cálidas es una eternidad y constituye una espera insoportable. No es necesario hablar: hasta los maniquís pueden toser breve y oportunamente. Asunto arreglado.
En estas latitudes, parece como si ciertas situaciones actuaran como interruptores. Gatillos que hacen entrar en una especie de trance a sus sufridos ciudadanos, una clase de estado cataléptico o hipnótico que los hace actuar como autómatas al servicio de algún tipo de software de comportamiento social.
"Flema Inglesa 1.0"
Mientras abandonaba el supermercado, mi cabeza negaba en silencio, mis labios sonreían y mis ojos miraban al techo...
Aquí las procesiones siempre van por dentro y la sensación de perder el tiempo se mide en números imaginarios.
Wednesday, 22 November 2006
La rubia de Central Line
Entré en la estación de metro de Leyton, línea roja, con un frío dañino y una noche cerrada a pesar de ser las 6.30 de la tarde. Al llegar al andén, el panorama invitaba al retraimiento: un pasillo largo, prácticamente vacío, con un par de tipos allá al final del pasillo. Sin embargo, en el banco más cercano, una joven rubia resplandecía en la oscuridad leyendo algo entre sus manos.
Mi estado de ánimo era propio de un domingo por la noche: mi mente humana me decía “Pablo vámonos que la cama nos llama”, aunque mi mente de lobo siempre está ahí rastreando, olfateando y lanzándome gruñidos cortos, empujándome a la caza.
No obstante no parecía un escenario para la acción, así que me olvidé de ella a los pocos segundos.
El tren llegó (y paró, afortunadamente). Entré en el vagón y me senté distraído. Al levantar mi vista, vi a la joven lectora a 2 metros de mí en el asiento de enfrente. De inmediato me sonreí, pensando si es posible que, a veces, nuestra mente de lobo nos guíe distraídamente hacia las presas potenciales. ¿Es pura casualidad acabar sentado frente a una belleza en lugar de aquel gordo con olor a sudor tres bancos más allá?
Despojado pronto de mis elubrucaciones sin conclusión, ahora la tenía delante como el que contempla un cuadro, a la distancia perfecta.
Sus crines dorados, sus pupilas claras, su tez rosa pálido me hicieron olvidar por completo mi debilidad por las mujeres latinas de pelo azabache,
Era sin duda una mujer dotada de una belleza indiscutible. Aún así, no es fácil en mí sentirme realmente atraído por una mujer eslava, como era ésta. Me sentí sorprendido, cierto es. ¿Qué es lo que tienes? ¿Es algo que escondes o está a la vista?
Tal y como cuento fue el discurrir de mis pensamientos. Intrigado, y atraído, de verla pronto pasé a mirarla.
Una larga media hora me esperaba de metro, sin nada que hacer salvo cronometrar los segundos entre estación y estación, así que me propuse observar la escultura que tenía frente a mí, sin llegar a intimidarla.
Calculo que un par de minutos después, la señorita ya se había percatado de mi tarea contemplativa. Fue cuando, seria, levantó la cabeza para comprobar que todo estaba en orden a su alrededor, y me miró durante una fracción de segundo.
“Primer objetivo cumplido”, me felicité.
Si de verla pasé a mirarla, ahora me dediqué a investigarla. Eran sus ojos y sus cejas sus imanes. Una mirada afilada, casi inesperada en su raza de tonos delicados y sutiles. A esta criatura se le presumía fuego tras sus ojos.
No dejé de observarla, arropado en mi postura de medio lado, señorial y serena –decidí- con una casi imperceptible sonrisa dibujada deliberadamente.
Y volvió a interesarse por el orden de las cosas. ¿O por mí? Lo cierto es que mi espera tuvo su fruto, pues levantó su linda cabecita y me regaló otra mirada.
Cuando ocurrió, yo estaba esperándola, por supuesto, como buen caballero.
“Segundo objetivo cumplido”, me susurré. Después de la Comunión hay que confirmarse.
Y esta vez ya sabía ella que no era casualidad: “No cabe duda que me observa” se leía en su mente.
Habían transcurrido poco más de 10 minutos de viaje, cuando el tren atravesaba un tramo abierto de la Central Line, lo cual implica plena cobertura celular. Tras bajar su mirada, manipuló su móvil y poco después empezó a hablar.
Su voz era radiofónica, casi publicitaria. “¿Es que no le falla nada?” me pregunté. Una voz firme, grave para ser femenina, y limpia como el gemir de un violonchelo. Susurrante y poderosa, de forma alternativa.
“Será rusa”, me aposté. Sólo podía reconocer que las inteligibles palabras que salían de su boca pertenecían a alguna lengua del Este de Europa.
Entrecerré mis ojos y agucé mi oído en busca de algún “Da” o un “Niet”, pero no pude mantener la concentración en semejante estupidez por mucho tiempo. Unos segundos después me imbuía en pensamientos más profundos, pues era consciente de que se acercaba un momento crítico, decisivo…”¿Qué hará esta hermosura cuando termine de hablar?” “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en orden?” Mejor dicho: “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en desorden?” “¿Caerá en la tentación de mirar qué hace el tipo del banco de enfrente?”
“Si se resiste a la tentación, mirará a Sebastopol o dirigirá su interés a los fabulosos carteles publicitarios de tarjetas telefónicas…”
“Eso sí: si cae en la tentación, la tercera misión estará cumplida…”
Mmm..! No soy un experto en absoluto en estas lides, pero escribir este pasaje me ayuda a comprender algunas cosas que he ido experimentando en los últimos tiempos. Así, la tercera misión es probablemente el punto de inflexión de este tipo de negociaciones. Es cierto que en estos terrenos, la Lógica es una dormilona de primera, pues en ocasiones, cuando parece que ha hecho todo su trabajo, se queda dormida y nos emite un juicio erróneo.
Pero lógicamente, si una señorita en las circunstancias descritas acude por tercera vez a la mirada halagadora es porque le agrada sentir la perturbación que le provoca. Otra posibilidad es que yo tuviera un inoportuno e improbable parecido al primo segundo de su tía Ivanova, y no estuviera más que tratando de alojarme en sus recuerdos.
Pero hay que ser siempre positiffa, nunca nejatiffa…
No me permití el lujo de distraerme. El momento se acercaba, y ahí debía estar yo. La miraba como un guepardo agazapado mira una gacela que pace. Una vez termine su conversación, los momentos que le siguen son decisivos. La Lógica, nuevamente, arroja una conclusión ineludible: si tiene tentación de saber si mis ojos la siguen retando desde el banco de enfrente, es entonces cuando el reloj de su curiosidad no admitirá esperas…
Seguí atento a sus movimientos, mi mirada clavada en sus párpados, aguardándola…Su charla acabó, su vista caída sobre el móvil, sus dedos pulsando botones, todos los botones, mil veces, y luego una pausa…su mano se calmó, escondió su móvil, cruzó sus piernas, se apartó el pelo y, echando su cuerpo hacia atrás, arqueó su espalda, e irguiéndose, levantó su rostro…
(Continuará)
Mi estado de ánimo era propio de un domingo por la noche: mi mente humana me decía “Pablo vámonos que la cama nos llama”, aunque mi mente de lobo siempre está ahí rastreando, olfateando y lanzándome gruñidos cortos, empujándome a la caza.
No obstante no parecía un escenario para la acción, así que me olvidé de ella a los pocos segundos.
El tren llegó (y paró, afortunadamente). Entré en el vagón y me senté distraído. Al levantar mi vista, vi a la joven lectora a 2 metros de mí en el asiento de enfrente. De inmediato me sonreí, pensando si es posible que, a veces, nuestra mente de lobo nos guíe distraídamente hacia las presas potenciales. ¿Es pura casualidad acabar sentado frente a una belleza en lugar de aquel gordo con olor a sudor tres bancos más allá?
Despojado pronto de mis elubrucaciones sin conclusión, ahora la tenía delante como el que contempla un cuadro, a la distancia perfecta.
Sus crines dorados, sus pupilas claras, su tez rosa pálido me hicieron olvidar por completo mi debilidad por las mujeres latinas de pelo azabache,
Era sin duda una mujer dotada de una belleza indiscutible. Aún así, no es fácil en mí sentirme realmente atraído por una mujer eslava, como era ésta. Me sentí sorprendido, cierto es. ¿Qué es lo que tienes? ¿Es algo que escondes o está a la vista?
Tal y como cuento fue el discurrir de mis pensamientos. Intrigado, y atraído, de verla pronto pasé a mirarla.
Una larga media hora me esperaba de metro, sin nada que hacer salvo cronometrar los segundos entre estación y estación, así que me propuse observar la escultura que tenía frente a mí, sin llegar a intimidarla.
Calculo que un par de minutos después, la señorita ya se había percatado de mi tarea contemplativa. Fue cuando, seria, levantó la cabeza para comprobar que todo estaba en orden a su alrededor, y me miró durante una fracción de segundo.
“Primer objetivo cumplido”, me felicité.
Si de verla pasé a mirarla, ahora me dediqué a investigarla. Eran sus ojos y sus cejas sus imanes. Una mirada afilada, casi inesperada en su raza de tonos delicados y sutiles. A esta criatura se le presumía fuego tras sus ojos.
No dejé de observarla, arropado en mi postura de medio lado, señorial y serena –decidí- con una casi imperceptible sonrisa dibujada deliberadamente.
Y volvió a interesarse por el orden de las cosas. ¿O por mí? Lo cierto es que mi espera tuvo su fruto, pues levantó su linda cabecita y me regaló otra mirada.
Cuando ocurrió, yo estaba esperándola, por supuesto, como buen caballero.
“Segundo objetivo cumplido”, me susurré. Después de la Comunión hay que confirmarse.
Y esta vez ya sabía ella que no era casualidad: “No cabe duda que me observa” se leía en su mente.
Habían transcurrido poco más de 10 minutos de viaje, cuando el tren atravesaba un tramo abierto de la Central Line, lo cual implica plena cobertura celular. Tras bajar su mirada, manipuló su móvil y poco después empezó a hablar.
Su voz era radiofónica, casi publicitaria. “¿Es que no le falla nada?” me pregunté. Una voz firme, grave para ser femenina, y limpia como el gemir de un violonchelo. Susurrante y poderosa, de forma alternativa.
“Será rusa”, me aposté. Sólo podía reconocer que las inteligibles palabras que salían de su boca pertenecían a alguna lengua del Este de Europa.
Entrecerré mis ojos y agucé mi oído en busca de algún “Da” o un “Niet”, pero no pude mantener la concentración en semejante estupidez por mucho tiempo. Unos segundos después me imbuía en pensamientos más profundos, pues era consciente de que se acercaba un momento crítico, decisivo…”¿Qué hará esta hermosura cuando termine de hablar?” “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en orden?” Mejor dicho: “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en desorden?” “¿Caerá en la tentación de mirar qué hace el tipo del banco de enfrente?”
“Si se resiste a la tentación, mirará a Sebastopol o dirigirá su interés a los fabulosos carteles publicitarios de tarjetas telefónicas…”
“Eso sí: si cae en la tentación, la tercera misión estará cumplida…”
Mmm..! No soy un experto en absoluto en estas lides, pero escribir este pasaje me ayuda a comprender algunas cosas que he ido experimentando en los últimos tiempos. Así, la tercera misión es probablemente el punto de inflexión de este tipo de negociaciones. Es cierto que en estos terrenos, la Lógica es una dormilona de primera, pues en ocasiones, cuando parece que ha hecho todo su trabajo, se queda dormida y nos emite un juicio erróneo.
Pero lógicamente, si una señorita en las circunstancias descritas acude por tercera vez a la mirada halagadora es porque le agrada sentir la perturbación que le provoca. Otra posibilidad es que yo tuviera un inoportuno e improbable parecido al primo segundo de su tía Ivanova, y no estuviera más que tratando de alojarme en sus recuerdos.
Pero hay que ser siempre positiffa, nunca nejatiffa…
No me permití el lujo de distraerme. El momento se acercaba, y ahí debía estar yo. La miraba como un guepardo agazapado mira una gacela que pace. Una vez termine su conversación, los momentos que le siguen son decisivos. La Lógica, nuevamente, arroja una conclusión ineludible: si tiene tentación de saber si mis ojos la siguen retando desde el banco de enfrente, es entonces cuando el reloj de su curiosidad no admitirá esperas…
Seguí atento a sus movimientos, mi mirada clavada en sus párpados, aguardándola…Su charla acabó, su vista caída sobre el móvil, sus dedos pulsando botones, todos los botones, mil veces, y luego una pausa…su mano se calmó, escondió su móvil, cruzó sus piernas, se apartó el pelo y, echando su cuerpo hacia atrás, arqueó su espalda, e irguiéndose, levantó su rostro…
(Continuará)
Monday, 20 November 2006
La oficina de Practique Associates
Mañana me enfrento a la cuarta semana de trabajo. Creo que mi adaptación a los nuevos ambientes es bastante rápida, y en consecuencia este detalle me ayuda. Digo “creo” porque en realidad la velocidad de adaptación no dispone de estándares de referencia, y tampoco puedo compararme con nadie. No lo sé. Pero puedo decir que no me siento incómodo, lo cual es buena señal.
Algo tendrá que ver el hecho de que la oficina es espaciosa, de unos 20x40 metros cuadrados, con pocas columnas y una larga hilera de ventanas en las dos paredes largas. Más que suficiente para inundarla de la cegadora luz británica cada día.
El suelo enmoquetado por completo –acorde a la tradicional afición inglesa a la cría de ácaros-, el techo a unos 3 metros de altura y un moderno mobiliario hacen del ambiente un lugar adecuado para su fin. Cumple su función y aprueba el examen.
Mi escritorio es una amplia L capaz de disimular mi desorden y buena silla rotatoria, demasiado confortable quizás, sobre todo a la hora de la sobremesa. Espero que no llegue la sangre al río, pues aparentemente me la van a cambiar por una mejor esta semana.
En definitiva, amigable y tranquilo son los adjetivos que elegiría para describir el ambiente en dos palabras. Normalmente hay unas 30 personas en la oficina. Digo “normalmente” porque también normalmente hay unas 5 ó 10 personas fuera de la oficina cada día, consultores destinados puntualmente a trabajar en los locales del cliente.
Hay risas y conversaciones puntuales entre los compañeros, se intercambian un generoso puñado de chistes por correo al día y en general, la sonrisa y la distensión es moneda de cambio. Parece pues, un trabajo poco estresante, aunque los peros, como en todo, siempre existen.
Sólo espero que, cuando los descubra, no se escriban con mayúsculas.
Algo tendrá que ver el hecho de que la oficina es espaciosa, de unos 20x40 metros cuadrados, con pocas columnas y una larga hilera de ventanas en las dos paredes largas. Más que suficiente para inundarla de la cegadora luz británica cada día.
El suelo enmoquetado por completo –acorde a la tradicional afición inglesa a la cría de ácaros-, el techo a unos 3 metros de altura y un moderno mobiliario hacen del ambiente un lugar adecuado para su fin. Cumple su función y aprueba el examen.
Mi escritorio es una amplia L capaz de disimular mi desorden y buena silla rotatoria, demasiado confortable quizás, sobre todo a la hora de la sobremesa. Espero que no llegue la sangre al río, pues aparentemente me la van a cambiar por una mejor esta semana.
En definitiva, amigable y tranquilo son los adjetivos que elegiría para describir el ambiente en dos palabras. Normalmente hay unas 30 personas en la oficina. Digo “normalmente” porque también normalmente hay unas 5 ó 10 personas fuera de la oficina cada día, consultores destinados puntualmente a trabajar en los locales del cliente.
Hay risas y conversaciones puntuales entre los compañeros, se intercambian un generoso puñado de chistes por correo al día y en general, la sonrisa y la distensión es moneda de cambio. Parece pues, un trabajo poco estresante, aunque los peros, como en todo, siempre existen.
Sólo espero que, cuando los descubra, no se escriban con mayúsculas.
Why not?
La idea me ha estado rondando la cabeza desde hace tiempo. ¿Un diario? ¿Un blog? Como dicen los britanicos..”whatever”. Pero lo cierto es que desde hace un tiempo mi vida ha evolucionado de tal forma que cada día se parece más a una cadena de sucesos, de pequeñas aventuras.
Ciertamente, he estado envuelto en situaciones inusitadas, inesperadas. Y éstas y otras valen la pena ser compartidas. Pero posiblemente el factor común de todos mis comentarios es la motivación. No escribo por escribir, escribo cuando hay algo que me motiva a hacerlo, directa o indirectamente.
Cosas que me acompañan a diario, que cobran su importancia en mi vida, o cosas que me han estimulado, que me han hecho pensar, que me han hecho soñar.
Espero que algo de lo que lean, alguna vez, les estimule...
Ciertamente, he estado envuelto en situaciones inusitadas, inesperadas. Y éstas y otras valen la pena ser compartidas. Pero posiblemente el factor común de todos mis comentarios es la motivación. No escribo por escribir, escribo cuando hay algo que me motiva a hacerlo, directa o indirectamente.
Cosas que me acompañan a diario, que cobran su importancia en mi vida, o cosas que me han estimulado, que me han hecho pensar, que me han hecho soñar.
Espero que algo de lo que lean, alguna vez, les estimule...
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