Sunday, 26 November 2006

Flema inglesa 1.0

Al salir del trabajo, normalmente acudo a mi cita con Saintsbury.
Para el que lo no lo sabe, Saintsbury no es mi psicoanalista, sino mi supermercado. Al no estar plenamente establecido, he de comprar comida prácticamente a diario. De otro modo, planificaría mi alimentación semanalmente.
Así pues, ya me conozco la localización exacta de las verduras, el atún en lata, el arroz y el fiambre de pavo, entre otras viandas.
Es fácil.
Tanto, que le hace a uno darse cuenta, en cambio, de lo difícil que es aprender las costumbres de estos paisanos, cuando se topa con ellas.

El lunes pasado, siguiendo mi estrategia diaria, me abastecí de ración suficiente para la cena de ese día y el desayuno y comida del día siguiente. Me procuré de todo lo que tenía pensado, repasé mentalmente si algo faltaba y me dirigí a la caja.
A las horas que acudo –entre las 6 y las 7 de la tarde-, sólo comparto el supermercado con los “trasnochadores”. Es, para ellos, la última hora. Casi diría que es un lujo que esto esté abierto. Tal es así, que cuando llego a la caja normalmente no hay cola en absoluto. Todo es fluido como el agua. Ese día no fue excepción.

Acababa de meter el último producto en la bolsa cuando la cajera me pidió firmar el comprobante. Acto seguido me extiende el ticket con la lista de productos que había comprado.
“Thank you”, dije con una sonrisa.

Había traspasado el límite de la caja y su pequeño pasillo, así pues, estaba justo al final de él. Con el ticket en las manos, ante el precio que había pagado y la longitud del papelito, vacilé un instante y pensé: “Vamos a echarle una miradita”. Y sin marcharme, comencé a comprobarlo distraído de todo lo que me rodeaba, en silencio.

Cuando terminé, levanté la vista y cuál fue mi sorpresa al descubrir que no sólo la cajera estaba mirándome atentamente sino que otros tres paisanos hacían lo propio en una hilera humana tan perfecta como británica. Mudos, impasibles. Cuatro maniquíes con un semblante absolutamente neutro, hombros caídos, mirada absorta clavada en mí, en silencio sepulcral.
Posiblemente, habían empleado un larguísimo minuto de sus vidas en tal tarea. Sin despeinarse.

“Oh..”, balbuceé.
“Sorry, estaban esperándome?”

“Sí, está todo en orden, sir?”
“Oh, yes, yes... Thank you….Bye!”

Un minuto en tierras más cálidas es una eternidad y constituye una espera insoportable. No es necesario hablar: hasta los maniquís pueden toser breve y oportunamente. Asunto arreglado.
En estas latitudes, parece como si ciertas situaciones actuaran como interruptores. Gatillos que hacen entrar en una especie de trance a sus sufridos ciudadanos, una clase de estado cataléptico o hipnótico que los hace actuar como autómatas al servicio de algún tipo de software de comportamiento social.
"Flema Inglesa 1.0"

Mientras abandonaba el supermercado, mi cabeza negaba en silencio, mis labios sonreían y mis ojos miraban al techo...
Aquí las procesiones siempre van por dentro y la sensación de perder el tiempo se mide en números imaginarios.

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