Entré en la estación de metro de Leyton, línea roja, con un frío dañino y una noche cerrada a pesar de ser las 6.30 de la tarde. Al llegar al andén, el panorama invitaba al retraimiento: un pasillo largo, prácticamente vacío, con un par de tipos allá al final del pasillo. Sin embargo, en el banco más cercano, una joven rubia resplandecía en la oscuridad leyendo algo entre sus manos.
Mi estado de ánimo era propio de un domingo por la noche: mi mente humana me decía “Pablo vámonos que la cama nos llama”, aunque mi mente de lobo siempre está ahí rastreando, olfateando y lanzándome gruñidos cortos, empujándome a la caza.
No obstante no parecía un escenario para la acción, así que me olvidé de ella a los pocos segundos.
El tren llegó (y paró, afortunadamente). Entré en el vagón y me senté distraído. Al levantar mi vista, vi a la joven lectora a 2 metros de mí en el asiento de enfrente. De inmediato me sonreí, pensando si es posible que, a veces, nuestra mente de lobo nos guíe distraídamente hacia las presas potenciales. ¿Es pura casualidad acabar sentado frente a una belleza en lugar de aquel gordo con olor a sudor tres bancos más allá?
Despojado pronto de mis elubrucaciones sin conclusión, ahora la tenía delante como el que contempla un cuadro, a la distancia perfecta.
Sus crines dorados, sus pupilas claras, su tez rosa pálido me hicieron olvidar por completo mi debilidad por las mujeres latinas de pelo azabache,
Era sin duda una mujer dotada de una belleza indiscutible. Aún así, no es fácil en mí sentirme realmente atraído por una mujer eslava, como era ésta. Me sentí sorprendido, cierto es. ¿Qué es lo que tienes? ¿Es algo que escondes o está a la vista?
Tal y como cuento fue el discurrir de mis pensamientos. Intrigado, y atraído, de verla pronto pasé a mirarla.
Una larga media hora me esperaba de metro, sin nada que hacer salvo cronometrar los segundos entre estación y estación, así que me propuse observar la escultura que tenía frente a mí, sin llegar a intimidarla.
Calculo que un par de minutos después, la señorita ya se había percatado de mi tarea contemplativa. Fue cuando, seria, levantó la cabeza para comprobar que todo estaba en orden a su alrededor, y me miró durante una fracción de segundo.
“Primer objetivo cumplido”, me felicité.
Si de verla pasé a mirarla, ahora me dediqué a investigarla. Eran sus ojos y sus cejas sus imanes. Una mirada afilada, casi inesperada en su raza de tonos delicados y sutiles. A esta criatura se le presumía fuego tras sus ojos.
No dejé de observarla, arropado en mi postura de medio lado, señorial y serena –decidí- con una casi imperceptible sonrisa dibujada deliberadamente.
Y volvió a interesarse por el orden de las cosas. ¿O por mí? Lo cierto es que mi espera tuvo su fruto, pues levantó su linda cabecita y me regaló otra mirada.
Cuando ocurrió, yo estaba esperándola, por supuesto, como buen caballero.
“Segundo objetivo cumplido”, me susurré. Después de la Comunión hay que confirmarse.
Y esta vez ya sabía ella que no era casualidad: “No cabe duda que me observa” se leía en su mente.
Habían transcurrido poco más de 10 minutos de viaje, cuando el tren atravesaba un tramo abierto de la Central Line, lo cual implica plena cobertura celular. Tras bajar su mirada, manipuló su móvil y poco después empezó a hablar.
Su voz era radiofónica, casi publicitaria. “¿Es que no le falla nada?” me pregunté. Una voz firme, grave para ser femenina, y limpia como el gemir de un violonchelo. Susurrante y poderosa, de forma alternativa.
“Será rusa”, me aposté. Sólo podía reconocer que las inteligibles palabras que salían de su boca pertenecían a alguna lengua del Este de Europa.
Entrecerré mis ojos y agucé mi oído en busca de algún “Da” o un “Niet”, pero no pude mantener la concentración en semejante estupidez por mucho tiempo. Unos segundos después me imbuía en pensamientos más profundos, pues era consciente de que se acercaba un momento crítico, decisivo…”¿Qué hará esta hermosura cuando termine de hablar?” “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en orden?” Mejor dicho: “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en desorden?” “¿Caerá en la tentación de mirar qué hace el tipo del banco de enfrente?”
“Si se resiste a la tentación, mirará a Sebastopol o dirigirá su interés a los fabulosos carteles publicitarios de tarjetas telefónicas…”
“Eso sí: si cae en la tentación, la tercera misión estará cumplida…”
Mmm..! No soy un experto en absoluto en estas lides, pero escribir este pasaje me ayuda a comprender algunas cosas que he ido experimentando en los últimos tiempos. Así, la tercera misión es probablemente el punto de inflexión de este tipo de negociaciones. Es cierto que en estos terrenos, la Lógica es una dormilona de primera, pues en ocasiones, cuando parece que ha hecho todo su trabajo, se queda dormida y nos emite un juicio erróneo.
Pero lógicamente, si una señorita en las circunstancias descritas acude por tercera vez a la mirada halagadora es porque le agrada sentir la perturbación que le provoca. Otra posibilidad es que yo tuviera un inoportuno e improbable parecido al primo segundo de su tía Ivanova, y no estuviera más que tratando de alojarme en sus recuerdos.
Pero hay que ser siempre positiffa, nunca nejatiffa…
No me permití el lujo de distraerme. El momento se acercaba, y ahí debía estar yo. La miraba como un guepardo agazapado mira una gacela que pace. Una vez termine su conversación, los momentos que le siguen son decisivos. La Lógica, nuevamente, arroja una conclusión ineludible: si tiene tentación de saber si mis ojos la siguen retando desde el banco de enfrente, es entonces cuando el reloj de su curiosidad no admitirá esperas…
Seguí atento a sus movimientos, mi mirada clavada en sus párpados, aguardándola…Su charla acabó, su vista caída sobre el móvil, sus dedos pulsando botones, todos los botones, mil veces, y luego una pausa…su mano se calmó, escondió su móvil, cruzó sus piernas, se apartó el pelo y, echando su cuerpo hacia atrás, arqueó su espalda, e irguiéndose, levantó su rostro…
(Continuará)
Mi estado de ánimo era propio de un domingo por la noche: mi mente humana me decía “Pablo vámonos que la cama nos llama”, aunque mi mente de lobo siempre está ahí rastreando, olfateando y lanzándome gruñidos cortos, empujándome a la caza.
No obstante no parecía un escenario para la acción, así que me olvidé de ella a los pocos segundos.
El tren llegó (y paró, afortunadamente). Entré en el vagón y me senté distraído. Al levantar mi vista, vi a la joven lectora a 2 metros de mí en el asiento de enfrente. De inmediato me sonreí, pensando si es posible que, a veces, nuestra mente de lobo nos guíe distraídamente hacia las presas potenciales. ¿Es pura casualidad acabar sentado frente a una belleza en lugar de aquel gordo con olor a sudor tres bancos más allá?
Despojado pronto de mis elubrucaciones sin conclusión, ahora la tenía delante como el que contempla un cuadro, a la distancia perfecta.
Sus crines dorados, sus pupilas claras, su tez rosa pálido me hicieron olvidar por completo mi debilidad por las mujeres latinas de pelo azabache,
Era sin duda una mujer dotada de una belleza indiscutible. Aún así, no es fácil en mí sentirme realmente atraído por una mujer eslava, como era ésta. Me sentí sorprendido, cierto es. ¿Qué es lo que tienes? ¿Es algo que escondes o está a la vista?
Tal y como cuento fue el discurrir de mis pensamientos. Intrigado, y atraído, de verla pronto pasé a mirarla.
Una larga media hora me esperaba de metro, sin nada que hacer salvo cronometrar los segundos entre estación y estación, así que me propuse observar la escultura que tenía frente a mí, sin llegar a intimidarla.
Calculo que un par de minutos después, la señorita ya se había percatado de mi tarea contemplativa. Fue cuando, seria, levantó la cabeza para comprobar que todo estaba en orden a su alrededor, y me miró durante una fracción de segundo.
“Primer objetivo cumplido”, me felicité.
Si de verla pasé a mirarla, ahora me dediqué a investigarla. Eran sus ojos y sus cejas sus imanes. Una mirada afilada, casi inesperada en su raza de tonos delicados y sutiles. A esta criatura se le presumía fuego tras sus ojos.
No dejé de observarla, arropado en mi postura de medio lado, señorial y serena –decidí- con una casi imperceptible sonrisa dibujada deliberadamente.
Y volvió a interesarse por el orden de las cosas. ¿O por mí? Lo cierto es que mi espera tuvo su fruto, pues levantó su linda cabecita y me regaló otra mirada.
Cuando ocurrió, yo estaba esperándola, por supuesto, como buen caballero.
“Segundo objetivo cumplido”, me susurré. Después de la Comunión hay que confirmarse.
Y esta vez ya sabía ella que no era casualidad: “No cabe duda que me observa” se leía en su mente.
Habían transcurrido poco más de 10 minutos de viaje, cuando el tren atravesaba un tramo abierto de la Central Line, lo cual implica plena cobertura celular. Tras bajar su mirada, manipuló su móvil y poco después empezó a hablar.
Su voz era radiofónica, casi publicitaria. “¿Es que no le falla nada?” me pregunté. Una voz firme, grave para ser femenina, y limpia como el gemir de un violonchelo. Susurrante y poderosa, de forma alternativa.
“Será rusa”, me aposté. Sólo podía reconocer que las inteligibles palabras que salían de su boca pertenecían a alguna lengua del Este de Europa.
Entrecerré mis ojos y agucé mi oído en busca de algún “Da” o un “Niet”, pero no pude mantener la concentración en semejante estupidez por mucho tiempo. Unos segundos después me imbuía en pensamientos más profundos, pues era consciente de que se acercaba un momento crítico, decisivo…”¿Qué hará esta hermosura cuando termine de hablar?” “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en orden?” Mejor dicho: “¿Comprobará si lo que le rodea sigue en desorden?” “¿Caerá en la tentación de mirar qué hace el tipo del banco de enfrente?”
“Si se resiste a la tentación, mirará a Sebastopol o dirigirá su interés a los fabulosos carteles publicitarios de tarjetas telefónicas…”
“Eso sí: si cae en la tentación, la tercera misión estará cumplida…”
Mmm..! No soy un experto en absoluto en estas lides, pero escribir este pasaje me ayuda a comprender algunas cosas que he ido experimentando en los últimos tiempos. Así, la tercera misión es probablemente el punto de inflexión de este tipo de negociaciones. Es cierto que en estos terrenos, la Lógica es una dormilona de primera, pues en ocasiones, cuando parece que ha hecho todo su trabajo, se queda dormida y nos emite un juicio erróneo.
Pero lógicamente, si una señorita en las circunstancias descritas acude por tercera vez a la mirada halagadora es porque le agrada sentir la perturbación que le provoca. Otra posibilidad es que yo tuviera un inoportuno e improbable parecido al primo segundo de su tía Ivanova, y no estuviera más que tratando de alojarme en sus recuerdos.
Pero hay que ser siempre positiffa, nunca nejatiffa…
No me permití el lujo de distraerme. El momento se acercaba, y ahí debía estar yo. La miraba como un guepardo agazapado mira una gacela que pace. Una vez termine su conversación, los momentos que le siguen son decisivos. La Lógica, nuevamente, arroja una conclusión ineludible: si tiene tentación de saber si mis ojos la siguen retando desde el banco de enfrente, es entonces cuando el reloj de su curiosidad no admitirá esperas…
Seguí atento a sus movimientos, mi mirada clavada en sus párpados, aguardándola…Su charla acabó, su vista caída sobre el móvil, sus dedos pulsando botones, todos los botones, mil veces, y luego una pausa…su mano se calmó, escondió su móvil, cruzó sus piernas, se apartó el pelo y, echando su cuerpo hacia atrás, arqueó su espalda, e irguiéndose, levantó su rostro…
(Continuará)
1 comment:
Muy bueno, maese Pablo :)
Has tenido un arranque de blog espectacular !
Y encima, con una "pedaso" rubia, veo que diversificas ;)
Mmm, lo único malo es que no puedo apostar a que no pasó nada puesto que, conociéndote, seguro que al menos conseguiste su móvil, je, je ;)
Bueno, pues "cuarto" objetivo conseguido : me tienes en "ascuas" ! Ansioso estoy de conocer exactamente qué paso !
Ta lueg,
Jose
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