Mañana me enfrento a la cuarta semana de trabajo. Creo que mi adaptación a los nuevos ambientes es bastante rápida, y en consecuencia este detalle me ayuda. Digo “creo” porque en realidad la velocidad de adaptación no dispone de estándares de referencia, y tampoco puedo compararme con nadie. No lo sé. Pero puedo decir que no me siento incómodo, lo cual es buena señal.
Algo tendrá que ver el hecho de que la oficina es espaciosa, de unos 20x40 metros cuadrados, con pocas columnas y una larga hilera de ventanas en las dos paredes largas. Más que suficiente para inundarla de la cegadora luz británica cada día.
El suelo enmoquetado por completo –acorde a la tradicional afición inglesa a la cría de ácaros-, el techo a unos 3 metros de altura y un moderno mobiliario hacen del ambiente un lugar adecuado para su fin. Cumple su función y aprueba el examen.
Mi escritorio es una amplia L capaz de disimular mi desorden y buena silla rotatoria, demasiado confortable quizás, sobre todo a la hora de la sobremesa. Espero que no llegue la sangre al río, pues aparentemente me la van a cambiar por una mejor esta semana.
En definitiva, amigable y tranquilo son los adjetivos que elegiría para describir el ambiente en dos palabras. Normalmente hay unas 30 personas en la oficina. Digo “normalmente” porque también normalmente hay unas 5 ó 10 personas fuera de la oficina cada día, consultores destinados puntualmente a trabajar en los locales del cliente.
Hay risas y conversaciones puntuales entre los compañeros, se intercambian un generoso puñado de chistes por correo al día y en general, la sonrisa y la distensión es moneda de cambio. Parece pues, un trabajo poco estresante, aunque los peros, como en todo, siempre existen.
Sólo espero que, cuando los descubra, no se escriban con mayúsculas.
Monday, 20 November 2006
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